martes, 3 de abril de 2007

N o C h E d E a R t E

Jueves 5 de abril 19:30 hrs.
Auditorium del Departamento de Cultura Paillaco
N o C h E d E a R t E
Compartiremos escenario con otros artistas locales. Nuestra presentación serán 5 canciones de nuestra autoría y una de Victor Jara ( Te recuerdo Amanda).
La entrada es liberada.
Será nuestra primera presentación como Rangiantu.
Organiza DEC Paillaco

4 comentarios:

Unknown dijo...

Saludos melones,
Ta bueno el sitio eh!. La fotito de Cristian (yo se las puedo tomar y hacer algo "menos seductor")...jaja.
Saludos, espero estar en su actividad...
Gualo

hernan709 dijo...

Te felicito Antonio y ojala prospere este proyecto...esta muy bueno.

hernan709 dijo...

Que buena hermano, que te vaya muy bien.
Te envio la mejor de las suertes desde Paine.
HERNAN GONZALEZ

Unknown dijo...

Toñoo... cambia la foto.. kkk... igual ta arreglá ... bueno eso es lo que menos importa = quedé muy conforme con lo que hicimo el jueves... ia manuu nos vemo en ensaio... ahhh oie teno noticias...
nos vemo...


A un mar de distancia

Comenzará la historia, recogida desde las interminables costas del fin del mundo. Sus protagonistas se verán las caras y no querrán separarse nunca más, pero los caminos antisentimientos no escuchan palabras, sólo devoran los pasos.Entonces, nos convertiremos en magos o brujos, y con nuestra poderosa pluma haremos que sus rebeldes caminos debiliten sus espaldas y cedan a la petición de estar juntos. Lo que cualquier amante quiere es estar con su amada, la cuestión es CÓMO, y éste es el cómo.

A un mar de distancia - Capítulo I


Capítulo I

Raúl Rodríguez se asomó por la proa del barco y vio por primera vez San Vicente, vio su puerto lleno de personas y el lugar inundado por algo más que agua, por las voces que aun antes de que el barco tocara tierra se escuchaban como un suave murmullo sobre las olas. Habían sido largos días de viaje.
Al comenzar sus 15 años se vieron en la Isla del Refugio disturbios que se fueron agravando con los años, su familia casi completa murió durante esos muchos enfrentamientos entre los dos bandos que lo único que buscaban era tomar el poder y gobernar la isla según sus ideales. La juventud de Raúl se fue desarrollando entre asesinatos, ráfagas de ametralladoras, y noches de insomnio y miedo por el enemigo. Sus padres fueron unas de las primeras víctimas de la guerra civil, a los 16 años quedó a cargo de sus abuelos paternos junto a sus otros dos hermanos menores pero poco tiempo después sólo su abuela fue su sostén ya que su abuelo decidió tomar su fusil y a pesar del reumatismo que lo carcomía partió una tarde a luchar por la causa, como llamaba él a la guerra y nunca regresó. La última imagen que recordaba de él era su silueta engendrada por el sol del atardecer y su abuela llorando a su lado mientras la consolaban sus nietos. Muchos partieron ese día pero muy pocos volvieron, nadie sabía hacia donde iban, solo tenían seguridad de que tendrían que disparar sus armas y sólo Dios sabía si vivirían para contarlo.


Mientras las personas comenzaron a bajar del barco cajas y equipajes y eran recibidos con abrazos por sus familiares en los ojos de Raúl asomó una pequeña lágrima, luchó para que las demás no escaparan, en su mente habían aparecido sus dos hermanos menores, Luis y Violeta. Ellos habían quedado a cargo de la abuela mientras que él estaba lejos. Se quedarían trabajando en la isla junto a la anciana, pero era tan difícil lo que había pasado en sus vidas que en su mente ocurrían miles de cosas que no lo dejaban estar tranquilo, a pesar que lo podían ver el no estaba presente, estaba muy lejos de ahí.
Al bajar del barco se acercó a él una joven delgada, de falda hasta los tobillos, pelo liso hermosamente trenzado. Había sido una de las personas con las cuales había viajado. Laura era su nombre y era con quien habían conversaciones interminables durante el atardecer. Tenia 19 años, un año menos que Raúl, y durante la travesía se habían convertido en inseparables. El día que se vieron por primera vez, sus miradas se conectaron, les parecía como si mucho antes se habían conocido y que habían pasado miles de cosas juntos, porque les parecía tan familiar el uno al otro, no había razón para que una bella dama se fijase en un harapiento ser que sostenía como un bagabundo su manjar del medio día. Con aquellas miradas se dijeron tantas cosas, tantas que parecía que se conocían y sólo faltó una palabra para terminar esa conexión y comenzar una amistad que cambiaría los rumbos de ambos. Estuvieron toda esa tarde charlando de sus sueños y de lo hermoso que es el mar cuando se convierte en tu hogar. Tal vez una de las pocas diferencias era que ella iba de paseo a San Vicente pero él iba en busca de una nueva vida, ella viajaba con sus padres y con todos esos hermosos vestidos, brazaletes y collares, y él sólo con un bolso que contenía ropa y algo de alimentos para el viaje y en su bolsillo una armónica para hacer que la noche sea más melancólica de lo acostumbrado. Él quería estar por algunos momentos en la vida de Laura y ella como una aventurera quería estar en los zapatos de Raúl. La guerra para ella era una historia interesante que ocurría lejos de su hogar y que quizás nunca llegaría a sus tierras pero no veía las lágrimas que eran encarceladas para no ser vistas por otros. Él se imaginaba que aquella delgada niña de ojos hermosos había salido de su imaginación, nunca había visto una belleza tan sencilla ni tan cercana. Habían hecho un trato, los atardeceres los compartirían y se enseñarían uno al otro las figuras que encontraban esparcidas en el arrebol, para terminar escucharían una suave melodía salida de la armónica de Raúl. Ni yo puedo contarles cómo se envolvieron en su amistad, como algo mágico uno llegó a la vida del otro y así se quedaron.
Muchos largos días habían pasado, Laura seguía escabulléndose de sus padres por las tardes, pero una tarde ya las lágrimas quisieron conseguir su libertad, ella no sabía qué expresar, si aquella bella sonrisa o tristeza por lo que sucedía, todo se había vuelto confuso. Su alegre amigo estaba en lágrimas, ¿no era alegría entonces?. “No todo el tiempo se pueden lanzar al viento los recuerdos para que nadie los vea”, dijo Raúl entre sollozos y palabras entrecortadas.
La guerra en la Isla del Refugio más que mejor gobierno había traído mortandad y huérfanos. A los meses de comenzar el conflicto las milicias llegaron al pueblo donde vivía la familia de Raúl, invadieron el pueblo, mientras estuvieron ahí cometieron muchas atrocidades. Muchos jóvenes en busca de aventuras y por confusos ideales dejaron sus hogares, se vistieron de verde y aprendieron a disparar. Los opositores eran muertos durante redadas hechas a mitad de la noche y otros en ejecutamientos en la plaza pública para mostrar lo que les pasaba a los que se oponían a la rebelión. Muchos levantaron su voz pidiendo que los hombres armados abandonaran el pueblo, uno de ellos fue Raimundo, el padre de Raúl. Sólo hubo una oportunidad de hablar con el hombre que dirigía los grupos armados del lugar y Raimundo fue uno de los que les dirigió la palabra cuando por fin los recibieron para entrevistarse con aquel hombre llamado el comandante Ramírez. El lugar era una sala con poca luz de una de las casas del pueblo, aún conservaba los lujosos muebles finamente tallados, pues la propiedad había sido quitada a una de la pocas familias adineradas del lugar, los cuales habían escapado de la isla y habían construido una casa mejor en uno de los países cercanos. Su escritorio estaba rodeado por las ametralladoras de los soldados que lo acompañaban en ese momento. Los dos hombres que representaban a los habitantes del pueblo se sentaron a 15 metros de él con un soldado armado a cada lado y dos a sus espaldas. Detrás del comandante Ramírez estaba la bandera de la isla y pegado a la pared una tela con una leyenda que decía: “La libertad se consigue con sangre”. Tenia una sonrisa burlona y con acento hipócrita le invitó a hablar. Raimundo sólo vio a su alrededor rostros jóvenes, bigotes habían pocos, solo los necesarios para mostrar autoridad. Mientras ordenaba las palabras en su mente, pensaba a que libertad se refería el lienzo y de quienes, sólo tenía claro de quién sería la sangre.
La propuesta se puso en mesa, los habitantes pedían que las milicias se retiraran del pueblo y ellos prometían que no apoyarían a ningún otro grupo político o armado además de dar una cierta cantidad de provisiones para los soldados. Pero con cada pregunta que el comandante Ramírez lanzaba demostraba sus intenciones de lograr que aquellos dos hombres dieran a conocer que traicionaban a la patria. Fueron largas horas de debate y negociaciones. Salieron de la casa ya cayendo la noche y con la convicción de no haber conseguido nada, no se oyeron palabras de ninguno de los dos, sólo miradas de decepción. Había una afirmación más poderosa que cualquier otra cosa en ese momento, que algo pasaría esa noche y ellos serían los protagonistas, se lo afirmaba la sonrisa de burla del comandante Ramírez.
Esa misma noche algo se sentía en la brisa, no sería una noche tranquila y precisamente así fue confirmado cuando varias puertas fueron derribadas y sus habitantes sacados en ropa de dormir y levados al cuartel. Todo el pueblo estuvo en silencio aquella noche, solo los niños lloraban, quizás por derecho propio pues habían sido sus padres a quienes se habían llevado. Pasaron tres días sin noticias de las personas detenidas y en toque de queda, no hubieron noticias hasta el día en que un certificado apareció por debajo de la puerta dando a conocer la sentencia de aquellas personas: fusilamiento por traición a la patria. A qué patria representaban esos señores de verde, nadie sabía de qué patria hablaban, la patria a la que todo aquel pueblo pertenecía no estaba en aquellas armas, estaba encarcelada en cualquier otro lugar, nadie sabía donde.
Raúl fue uno de aquellos que con pisadas temerosas y respiración agitada caminaron hacia aquel papel, fue uno de ellos, de los que inundaron aquel certificado en lágrimas y lo arrugaron con todas sus fuerzas deseando que así como la firma de aquel comandante se había deformado y destruido sucediera con él, quien la plasmó el día antes en aquel papel.
Laura trató de consolar a su joven amigo pero era tan difícil encontrar palabras apropiadas en ese momento que en su garganta se formó un nudo incontenible. Raúl derramó sus lágrimas sobre el pecho de Laura, también todos sus dolores y quebrantos y ella como una madre experimentada acariciaba su cabeza y decía suaves palabras para calmar a su compañero. Al día siguiente Raúl despertó temprano y decidió ir a recibir la fresca brisa. Había algo diferente en su interior que se reflejaba en su rostro, se sentía más liviano y como si todas esas tempestades de su interior hubieran salido en sus lágrimas. A los pocos momentos llegó Laura a su lado. Hubo un silencio con el cual casi se hablaron y con una incipiente sonrisa giraron sus rostros hacia el mar. Con un movimiento delicado y simple la mano de ella cayó sobre la de su amigo y Raúl abrazó sus dedos con su mano. No hubo palabras pero se dijeron tantas cosas.
El viaje continuó y cada tarde se reunían, cada tarde unían sus manos y sus labios. Y llegó el momento de despedirse y desear volver a encontrarse juntos otra vez. Al bajar del barco él con un poco de melancolía lanzó la última mirada a la proa del barco, el lugar donde había expurgado sus tristezas y donde había encontrado una alegría pasajera pero una amistad eterna. Se detuvo en medio de la multitud para orientarse y decidir hacia donde iría primero, fue allí donde Laura pronunció su nombre y le hizo una petición a su joven amigo: Búscame... , y se perdió entre la multitud.



A un mar de distancia - Capítulo II

Capítulo II.


Violeta crecía, diecinueve años ya llegaban a su vida. Se encargaba de las tareas del hogar, con su abuela mantenían la casa limpia y ordenada cada día mientras que su hermano Luis se encargaba de las faenas. La guerra había ocasionado un caos y ellos tres habían buscado refugio en un pedazo de campo que pertenecía a aquel anciano que había partido a la guerra hace un tiempo. Lo llamaron El Sosiego, allí poseían algunos animales y una pequeña huerta la cual estaba a cargo de Luis. Cada día al comenzar la jornada diaria pedían protección para Raúl quien había ido en busca de una nueva vida no sólo para él sino para sus hermanos y abuela también.
Cada tarde los alrededores de la casa se inundaban con una suave melodía que salía a su libertad desde el violín de Violeta. Cada día su abuela se sentaba en su mecedora a escuchar como los dedos de su nieta daban libertad a todas aquellos sonidos. No había momento más especial que ese, cuando aquella niña hacia que su corazón palpitara con mas fuerza, que toda su alma llegara a salir de su cuerpo, que todos sus miembros se debilitaran a causa de la emoción que hacían emanar aquellas melodías. Desde pequeña había practicado, su padre le había enseñado y heredado su violín. No había momento más especial para ella que cuando sacaba el instrumento de su caja y tomaba el arco para darle vida. Muchas veces se apartaba a las arboledas que estaban alrededor de la casa e inundaba el bosque con los dulces sonidos. En uno de sus bolsillos tenía una fotografía recortada de una revista en la cual aparecía una gran orquesta, cuando tocaba se imaginaba que estaba tocando con aquellas personas, no sabía dónde estaba, solo sabía que procedía de un país muy lejano pero sus ansias y amor por lo que hacía le permitiría llegar ahí.




La llegada de Ernesto Gutiérrez a El Sosiego produjo la oportunidad que Violeta saliera de la isla. Y así llegó el tiempo en que en el umbral de la puerta estaba ella con una maleta y su violín colgando de su hombro. Una lágrima cayó al suelo y luego corrió a abrazar a su abuela, al momento Luis también las abrazó. Dio el acostumbrado beso en la frente a la abuela pero esta vez también fue uno en la mejilla. Apareció en el umbral de la puerta Ernesto diciendo que ya era hora, afuera de la casa había un automóvil que los llevaría al destruido aeropuerto de la isla donde se embarcarían en avión hasta la ciudad de La Colmena, allí Violeta tendría la oportunidad de estudiar lo que deseaba, hacer de la música su vida.
Esta vez sólo Luis quedó con la abuela, habían pasado dos años desde que Raúl había partido, ahora estarían aun más lejos. Violeta dejó todas las cartas que le había escrito a su hermano en casa de la abuela envueltos en una bolsa para que cuando Raúl regresara las pudiera leer. Llevó en su bolsillo las tres fotos que tenía de su familia, tomó su maleta y salió por la puerta del lugar que le había dado protección de la crueldad de los hombres. El automóvil sólo dejó una columna de polvo y desapareció entre el bosque que envolvía el camino hacia la ciudad. Nunca había subido en aquellas cosas de metal, el ruido que producía el avión llegaba a asustarla y hasta pensaba en correr lejos y escapar de tanto caos. Y Violeta despegó de la isla y vio por última vez aquellos campos, el olor a pólvora comenzaba a desaparecer, muchos sentimientos encontrados comenzaron a invadir su corazón. Si hubiera podido se hubiera partido por la mitad y es más, aun una tercera parte de ella hubiera querido escapar de su ser. No sabía donde iba ni que sucedería pero aunque esas preguntas invadieron su mente por algunos momentos fueron más los recuerdos de su familia los que invadieron su corazón. Recordó a su hermano Luis nacer, su madre dejar apaciblemente este mundo pocos días después del parto como una flor que se abre y deja ir su vida. Recordó la sonrisa de su padre, sus palabras, como de tantas maneras casi imposibles lograba encontrar la forma de mantenerlos felices, su tumba desapareciendo entre la tierra. Recordó a su abuelo partiendo como un firme patriota hacia una guerra que ni siquiera entendía, una abuela silenciosa que siempre tenía una sonrisa para ellos, un hermano que partió lejos, canciones en los bosques, a Luis pegado a su brazo. Toda su vida paso ante sus ojos hasta que no pudo más y el cansancio la hizo dormir.



Una tarde calurosa y polvorienta apareció en el umbral de la casa un forastero que apenas se sostenía apoyado de una rama que parecía que había sacado ferozmente de un árbol. Todos quedaron mirando a aquel extraño personaje con harapos, todo sucio y barbudo. Se miraron con la abuela no entendiendo que pasaba y después de esperar alguna reacción del extraño sólo le escucharon decir: Busco a periodistas colmeras, y cayó inerte al suelo golpeándose la sien en una silla que sujetaba la puerta. Violeta y Luis corrieron a socorrer al extraño, a los pocos minutos abrió algo los ojos y la boca pero sólo para pedir algo de agua. Por alguna razón todos sonrieron y algunas carcajadas se oyeron por haber escuchado el acento chistoso de aquel hombre.
Como no reaccionaba más que para pedir agua la abuela decidió recostado en el sillón de la sala y no se le ocurrió nada mejor que darle la responsabilidad a Violeta de cuidarlo durante la noche. Durante toda la noche llamó a personas con nombres raros que a veces asustaban. Después de algunas horas, cuando el sueño ya vencía a Violeta ella decidió sacar su violín y tocar una suave melodía para no sentirse tan sola, con tanto miedo. Mientras una dulce melodía sonaba en la profundidad de la noche el extraño despertó lentamente. Su morena cara se alumbro con la luz que la luna arrojaba por la ventana y aunque ni siquiera podía mover su cuerpo con facilidad, giró su cabeza y pudo ver a una hermosa mujer rodeada de una luz que hacía resplandecer su cuerpo y después de aparecer una tenue sonrisa en su cara cerró los ojos y por algunos momentos escuchó aquellas melodías. Por un largo momento continuo escuchando, Violeta tocaba de espaldas a él, giró para ver como estaba su encargado y en ese momento el extraño abrió sus ojos y sonrío, Violeta de un golpe lanzó el violín al suelo y corrió hacia la habitación de la abuela dejando tirado el arco por el pasillo. El extraño también se asustó con la reacción de la joven, la consecuencia fue caer duramente al piso de madera y ahí quedar hasta el otro día nuevamente inconsciente.
Al amanecer, la joven Violeta despertó abrazada a su abuela y con una cuidadosa mirada observó si alguien aparecía por la puerta de la habitación. La abuela aun dormía, así es que decidió armarse de valor e ir a ver al extraño que esta vez se encontraba en el suelo, parecía envuelto en el sudor, su barba había crecido en forma salvaje y descontrolada, su cabello casi tapaba sus ojos. Tenía gran parte de su espalda lastimada y desde su bolsillo asomó una fotografía hermosamente tomada con un fondo de inmensas montañas blancas y dos personas abrazadas vestidas con ropa para el frío. La mujer que aparecía en la fotografía era hermosa y el hombre se parecía algo al extraño por supuesto que más limpio y consiente.
Después de estar en casa un día dormido el extraño abrió los ojos pero esta vez más recuperado que antes, Violeta corrió a buscar algo de beber y cuando regresó el extraño estaba sentado en el sillón revisando desesperadamente sus bolsillos. Cuidadosamente le acercó la taza y con una tenue sonrisa le invitó a beber. Mientras bebía, Violeta le observaba con atención mientras el extraño la miraba con algo de nerviosismo y temor.


--¿Quién eres tú?— preguntó el extraño.
--Violeta, y tú ¿quién eres?
--Ernesto Gutiérrez, soy fotógrafo – bebió agua y continuó -- ¿no tienes mi cámara fotográfica?
--No, llegaste sin nada – Violeta se dirigió a buscar algo sobre un mueble – sólo esta fotografía.

Ernesto se la quitó rápidamente de su mano, lo cual asustó a la joven e hizo que retrocediera.

--Lo siento – dijo Ernesto – he pasado por muchos problemas.
--Te atrapó la milicia, ¿verdad? – Preguntó Violeta con voz firme – mi padre fue muerto por ellos, que bueno que te dejaron ir.
--Me escapé y se aburrieron de perseguirme, eso creo.


Ernesto trató de pararse y dirigirse a la ventana pero al hacerlo su pierna no se lo permitió y cayó sentado en el sillón con mucho dolor.

--Tendrás que descansar unos días acá, voy a preparar todo para que te asees. –Sugirió Violeta.

Aquel día Ernesto no pronunció palabra alguna más que la conversación con Violeta. Se dio un baño y se repasó la barba que antes estaba descontrolada y sucia. Comió unas pastillas raras que sacó de uno de sus bolsillos y se sentó en la entrada de la casa, ahí estuvo todo el día y cada cierto rato tomaba apuntes en una pequeña libreta que tenía. Ya al comenzar a caer la noche se paró repentinamente apoyado de su bastón improvisado con el que había llegado, Violeta y su abuela se miraron preguntándose qué es lo que haría el extraño. La joven lo llamó por su nombre y le dijo que no hacía bien salir en su estado, pero Ernesto como un errante en el desierto que ve agua se fue desesperadamente hacia el bosque y entre su dolor continuaba caminando. La joven le siguió diciéndole que no era bueno volver al bosque porque la milicia lo podría encontrar nuevamente pero Ernesto aceleró más el paso. Violeta volvió a la casa y fue en busca del fusil, cargó algunas municiones y se fue detrás de Ernesto, lo siguió durante unas dos horas hasta que cayó al suelo de cansancio y dolor por sus heridas y allí se quedó respirando agitadamente. La joven Violeta se sentó a unos metros de él, también cansada y exhausta por la larga caminata.
Al fin el extraño pronunció palabras.
--¿Porqué me sigues?
--Tengo que cuidarte – respondió Violeta – la abuela dice que eres importante.

Bajó la mirada y comenzó a escarbar en el suelo bajo la vista fija e impresionada de la joven. Escarbó durante mucho rato y al fin se vio entre la tierra un bolso negro.

--¿Qué es eso?
-- Fotografías, por eso me arrestaron.

Entre los dos sacaron el bolso que contenía equipo para fotografía y otras cosas que la joven no tenía ni idea para que servirían, y volvieron a casa. De camino a la casa Ernesto por fin pronunció palabras y algo más que feas respuestas. Le contó que venía de la ciudad de La Colmena enviado por un periódico del lugar para fotografiar la guerra civil que estaba ocurriendo en la isla. Le contó que mientras dormía en la casa soñó con una violinista, Violeta soltó una carcajada lo que molestó a Ernesto, así es que cerró la boca y no dijo palabra alguna camino a la casa. Llegaron cuando ya el sol se había ido, sólo alumbraba la luz de las velas. Ernesto se fue a sentar al sillón donde había pasado la noche anterior y allí se durmió.
A la mañana siguiente Ernesto abrió los ojos y frente a él vio los pies descalzos de la joven, subió la vista hasta llegar a su rostro y pudo también ver en sus manos un arco de violín que lo hacía golpear en su mano izquierda mientras que su rostro mostraba una hermosa sonrisa. Dio la vuelta y se dirigió hacia la mesa donde reposaba el instrumento y mientras el rostro de Ernesto estaba lleno de asombro ella comenzó a tocar una dulce melodía, una como nunca la había oído y no sabía ni comprendía donde estaba, si en un sueño dónde creía haberla visto o en la ahora dulce realidad. No pudo encontrar, aunque escarbó mucho en sus recuerdos, una escena como ésa. A pesar de haber nacido en una de las ciudades más avanzadas del continente nunca había escuchado una ejecución así, un sonido tan penetrante, tan aviajadero como ese, hizo desaparecer lo que había a su alrededor y desprenderse de la absurda realidad. Nunca había legado a su vista tan intensa emoción que escapaba del rostro de Violeta. Cuando acabó la melodía todo quedó en silencio por algunos segundos, quizás fueron minutos. Toda la magia, virtud y nobleza la había encontrado en aquella escena y como un sicótico pedía más con sólo la mirada que se había clavado en los ojos de la artista. Así acabó la mañana, ella se retiró de la sala y él no se pudo parar del lugar en el que estaba, extasiado, lleno e inundado de vida, la cual había salido de un sueño transformado mágicamente en realidad.
Luis le llevó un plato con comida y al querer retirarse la mano de Ernesto quedó sujeta fuertemente a la muñeca de Luis.
-- ¿Dónde está Violeta?—Preguntó Ernesto.

Con ojos asustados Luis se desgarró de su mano y corrió donde su hermana, ella tranquilamente se dirigió al lugar donde él permanecía como sin vida y con el vapor que salía de la comida llegando a su rostro. Con suave voz ella dijo que sentía haber hecho tanto estrago en sus emociones, sólo quería dar un regalo para ayudar a olvidar todos lo pesares.

-- He vivido muchas emociones fuertes en esta isla, no creo que pueda dejarlas ir tan fácilmente. Yo creo firmemente que el corazón no necesita de tiempo para dejar entrar a alguien,– dijo Ernesto con voz trémula – sólo lo deja entrar. Deja entrar a quien es capaz de mover sus puertas, a quien es capaz de debilitar sus murallas.
-- Lo siento – habló Violeta bajando la mirada – no quise lastimarte.
-- No me lastimaste, sólo me diste vida, creí que sabía lo que es dar vida. He sido un ignorante.

Violeta se sentó a su lado y con sus dedos empezó a naufragar en los cabellos de aquel extraño que había llegado a su vida y en tan poco tiempo había dejado una huella en ella. La cabeza de Ernesto lentamente cayó en las piernas de la joven y allí estuvieron casi toda la tarde, sin pronunciarse palabra alguna, y cayó la noche y aún seguían juntos.
Los días que pasaron en El Sosiego no se separaron, él rápidamente se recuperaba de sus heridas y ella se transformaba en su aprendiz.
Una de aquellas tardes sucedió lo que todos temían. La milicia llegó a la casa de Violeta en busca de un prófugo, sin embargo no sólo era un peligro para Ernesto sino también para Luis, quien se había escondido para no unirse a ningún grupo armado. Rápidamente se escondieron en el sótano de la casa mientras que los milicianos revisaban la casa de una manera feroz, sin encontrar nada ni nadie se fueron pero sin antes decir que volverían. Mientras tanto en el sótano, entre los brazos de Ernesto, el joven Luis repetía con la cara llena de lágrimas que no quería ir a luchar y su protector pensaba porqué tanta injusticia había a su alrededor, también sentía la impotencia de no poder hacer nada. En medio de la oscuridad de aquella habitación consoló al pequeño y logró exterminar las lágrimas de su rostro.

Ernesto había nacido en la ciudad de la Colmena, recibió buena educación y aprendió varios idiomas, toda su familia vivía en aquella ciudad. Sólo tenía 25 años, se había graduado hace no mucho de la escuela de fotografía y conseguido un buen empleo gracias a que fue un alumno aventajado, su primera gran asignación fue ser enviado a la isla a fotografiar lo que estaba pasando ya que era una noticia de mucha importancia en el continente por no tener guerras en muchos siglos. Le parecía increíble el lugar donde estaba, ya habían pasado meses en El Sosiego, ya la milicia se había olvidado de él y comenzaba a planear su regreso pero hay algo que siempre nos ata a un lugar, era el momento de sufrir porque así se termina la felicidad o de conservar la dicha en que había vivido los últimos meses. Solo quedaba una cosa por hacer, luchar por la vida que quería y por quien la compartiría con él. Eligió bien el día, pues había una luna hermosa, un ambiente cálido. La mano de Ernesto cuidadosamente llegó a la cara de la joven quien evitó su mirada y clavó sus ojos a la nada. Ya no valen las palabras, había tanto silencio que con solo los latidos prófugos de sus pechos sabían que se pertenecían. Una danza bohemia comenzó entre esa luz casi apagada de la velas, ella extasiada apoyada en la pared y él escuchando su respiración la que hacía que su interior quisiera irrumpir para destrozar a aquel ser mortal. Quería impregnarse de aquella flor para que el tiempo ya no fuera más y el estar en su cuerpo no tenga límite. Acercaron sus rostros rodeándose con un abrazo que hizo de sus sombras una. El cabello de la joven fue cobija a su desvelo y el abrazo de él los territorios que a Violeta querían como su dueña.
Ya no todo fue igual, ¿qué puede continuar igual cuando tu cuerpo florece?, ¿Y la razón de todo eso está ahí tan cerca?. Pero las razones también dan sus razones, su separación parecía inminente y todo lo que había ocurrido parecía alejarse hacia un oscuro vacío de dónde sería difícil volver a encontrarlas. Al amanecer, después de haber sido uno en el incontrolable teatro de sus besos, Violeta corrió envuelta en lágrimas hacia alguna arboleda que quisiera consolarla en aquella hora amarga, llena de contradicciones, el momento doloroso de haber encontrado algo hermoso y saber que está cerca su partida. Parecía que toda su vida era ese momento, ¿no es así acaso?, ¿que el pasado ya no importa, el futuro no es amigo nuestro, y sólo es el ahora?. Pudo haber nacido un mar de lágrimas, la tierra se humedeció con la amargura de la realidad, era mejor recibir una bala en aquel corazón que dejarlo moribundo. Pero hasta en las más tristes vidas llegan rayos de luz, ya saben lo que pasó. Ernesto llegó a su lado con dos maderos pequeños, uno por cada uno de sus nombres, a ella le entregó el que decía Ernesto y él se quedó con Violeta.


La mañana era helada aquella mañana en que llegaron a La Colmena, diferente a lo que vivían cada día en la isla. Bajaron del avión y dejaron sus maletas a un lado por un momento, frente a frente solo se miraron y sonrieron, es que solo necesitaban envolverse en sus suspiros para obtener vida. Se tomaron de la mano y comenzaron su camino en el que nunca se iban a separar.





A un mar de distancia

Les presento a su izquierda el primer capítulo de esta historia, disfrutenla. Pronto habrán más capítulos.